"Porque dentro de una leyenda SIEMPRE hay algo de cierto"
Capítulos 2 y 3: ¿Cómo creí que nadie me reconocería? y Oh, oh... Tenemos problemas, y bastante graves
-¡Claudia! ¡Detente ahora mismo!-
Un momento, aquella no era Romina, era…era Miguel, el primo-hermano de Claudia.
Según mis cálculos, debía tener unos 25 años, recién graduado de profesor de Lenguaje y Literatura. Su cabello era de un extraño color castaño dorado, pero tenía los mismos ojos grises que tenía toda la familia Espósito. Y claro, también era un licántropo. Eso se notaba en su contextura: Musculoso pero delgado. Y guapo, aunque no tanto como mis compañeros de sangre fría.
Claudia cerró rápidamente sus ojos, para luego abrirlos al máximo. Sus convulsiones disminuyeron bruscamente, hasta desaparecer completamente, y sus ojos en ese momento grises amarillentos, se volvieron grises plateados, su color normal.
-Miguel-. Dijo en una voz prácticamente susurrante - ¿Pero que haces…?-. No le dejó terminar. La acalló con una mirada fría y calculadora.
-No es este el momento ni el lugar. Por favor, Eduardo, Maximiliano, Javier, Daniel, Benjamín, suelten a estos… vampiros. No han causado ni el menor revuelo, por lo tanto no tenemos pruebas ni motivos para agredirlos.-
Los 5 hermanos Espósito nos liberaron al mismo tiempo, como si fuesen uno.
Gracias al Cielo y a los dioses de todas las religiones existentes, mis amigos se dieron cuenta de que estábamos en desventaja y que yo, por ningún motivo, atacaría a la que hasta hacía poco era una de mis amigas de infancia.
-¡Ah! Y chicos, aquí en la escuela no soy Miguel, soy el “Sr. Espósito”. Grabense eso bien en la cabeza. No vaya a ser que los castiguen por olvidar que dentro de estas paredes soy su profesor de Literatura.- Miró a sus primos, con una cara impasible, pero con sus ojos les demostraba el cariño que no lo hacía con el rostro.
Aunque sus ojos se volvieron de hielo al dirigirse hacia nosotros, pude notar la sorpresa que significó para él reconocerme, permaneciendo en las filas del enemigo, siendo de la misma raza que este.
Sin más, el castaño-dorado inclinó la cabeza a modo de despedida, y se retiró, siendo seguido luego por todos los varones Espósito que quedaban, dejando solo a Claudia junto a nosotros.
-Así que se te cumplió tu sueño, ¿o no Agüero?- Eso fue un golpe bajo. Y lo peor, me había reconocido. Mi cara se contrajo de dolor y pena, gracias a sus palabras. Dos segundos después tuve que detener a Charles, al cual no le importaba si era mujer, anciana o niña, el la iba a golpear de igual forma. Era demasiado impulsivo.
-Si no la convertían, se moría.- ¿Ahora se dignaba a aparecer la que se hace llamar mi mejor amiga?
Claudia miró en su dirección, al igual que yo, y ambas nos dimos cuenta de que no venía sola. Junto a ella venía el resto de mis amigas y mi mejor amigo: Luna, Diana e Ignacio.
La ojigris miró al piso, vi como se tragaba, al parecer, las lágrimas e inspiraba hondo, para luego clavarme su mirada, fija y de hielo, en mis ojos.
-Pues preferiría que estuvieses muerta.- Una única lágrima cayó por su mejilla derecha. –Hoy, después de clases, en la cancha de baby-football, para discutir su permanencia en “NUESTRO” territorio.- Y sin más, se volteó y se dirigió a las escaleras, las cuales la dirigirían directo al Gimnasio, donde se realizaba el discurso de inicio de año.
No noté cuando mis ojos se humedecieron, ni cuando un sollozo ahogado salió de mi pecho, ni cuando definitivamente me eché a llorar, pero si me di cuenta que, sin importar la raza y las diferencias de estas, mis amigos me abrazaron y me apoyaron.
Lloré y me desahogué un par de minutos, y me obligué a parar. Dejé de sollozar. Mis amigos, sin importar que fuesen humanos o vampiros, no merecían un primer día de clases “húmedo”.
Me removí delicadamente y mis amigos no demoraron en soltarme. Me sequé las lágrimas y les agradecí con la mirada. Uno por uno.
- Escúchame, porque creo que hablo por todos cuando digo esto: Seas lo que seas, vampiro, licántropa, hechicera o incluso seas la princesa de los aliens, siempre, pero SIEMPRE, vamos a estar junto a ti y te vamos a querer, pase lo que pase.- Su sonrisa y sus ojos eran tan sinceros que no pude evitar correr y abrazarlo. Ignacio tenía ese “algo” que me subía el ánimo siempre.
-Gracias Nachito.- Le dije, y luego le di un beso en la mejilla.
-Cof cof cof.- Reí internamente. Emilio odiaba no ser presentado.
-Amalia, Charles, Emilio, ellos son Ignacio, Diana y Luna. Dian, Luna, Nacho, ellos son Amalia, Charles y Emilio. Romina ya los conoce y ustedes a ella.- Todos se estrecharon las manos. Sabía que se habían caído bien. Era imposible que se cayeran mal. Además que lo noté en sus ojos.
-Nos perdimos el acto de Bienvenida, y el discurso del Director. ¡Oh, mi Dios!, Que desgracia.- No sé si fue la ironía en su voz, la mueca que era su cara de fingida pena o lo inesperado del comentario lo que hizo que no pudiésemos evitar reírnos, pero de algo estaba segura: Diana era un chiste andante.
Una oleada de aplausos resonó por todo el establecimiento, indicándonos que el acto de Inicio de curso ya había acabado, y que todos los alumnos subirían en escasos segundos en tropel hasta sus salas.
Nos despedimos rápido, ya que mis “nuevos amigos” entraban a cursos superiores, mientras, gracias a mi mala suerte, yo entraba a mi mismo curso, con mi mismo nombre pero con distinto apellido: en vez del original mi nombre correspondía al de Javiera Cecilia Carmín Maggi.
Me metí al baño, junto con Diana, Romina y Luna, y esperamos a que ya la estampida humana fuese por la mitad para escabullirnos en su interior y así pasar desapercibidas.
Okay, había llegado el momento decisivo.
Ingresamos a nuestra primera clase, la cual correspondía a Historia. Nos tocaba la misma profesora que los años anteriores, o sea, mis compañeros no le prestarían ni la más mínima atención. Genial.
Todos mis compañeros se encontraban en el salón, y todos conversaban entre todos. Eso me gustaba de mi curso, no había grupos marcados y que se odiasen.
Cuando entramos las cuatro, y mis compañeros me vieron, se formó un silencio sepulcral, para luego dar paso a los susurros, los cuales yo tenía absolutamente claro que se referían a mi persona.
Pero esto no duró mucho, gracias a uno de mis amigos.
- ¡Javu! ¡Guapa! ¿Qué tal el sur?- Gabriel. Mi sapo azul al cual jamás le admitiría mi amor. Lo prefería como amigo antes que como novio frustrado.
Gracias a que Gabriel me había reconocido, visto y hablado, Manuel, Pablo y Álvaro, mis otros amigos varones, de cuando era humana, dirigieron su vista hacia mí.
Los saludé con una tímida sonrisa y un ademán con la mano, tomé de la mano a Romina y me la llevé hasta las mesas del fondo. Coloqué mi mochila sobre la que estaba al centro, y abrí la cremallera. Me tomó unos segundos encontrar lo que buscaba, y es que solo a mí se me ocurre guardar la llave del candado de mi casillero con una correa diminuta alrededor en el compartimiento más grande de mi mochila.
Unos pocos segundos después de que ya tenía guardados mis cuadernos en mi casillero, y había sacado lo correspondiente a nuestra primer clase, llegó la profesora.
Un momento, aquella no era Romina, era…era Miguel, el primo-hermano de Claudia.
Según mis cálculos, debía tener unos 25 años, recién graduado de profesor de Lenguaje y Literatura. Su cabello era de un extraño color castaño dorado, pero tenía los mismos ojos grises que tenía toda la familia Espósito. Y claro, también era un licántropo. Eso se notaba en su contextura: Musculoso pero delgado. Y guapo, aunque no tanto como mis compañeros de sangre fría.
Claudia cerró rápidamente sus ojos, para luego abrirlos al máximo. Sus convulsiones disminuyeron bruscamente, hasta desaparecer completamente, y sus ojos en ese momento grises amarillentos, se volvieron grises plateados, su color normal.
-Miguel-. Dijo en una voz prácticamente susurrante - ¿Pero que haces…?-. No le dejó terminar. La acalló con una mirada fría y calculadora.
-No es este el momento ni el lugar. Por favor, Eduardo, Maximiliano, Javier, Daniel, Benjamín, suelten a estos… vampiros. No han causado ni el menor revuelo, por lo tanto no tenemos pruebas ni motivos para agredirlos.-
Los 5 hermanos Espósito nos liberaron al mismo tiempo, como si fuesen uno.
Gracias al Cielo y a los dioses de todas las religiones existentes, mis amigos se dieron cuenta de que estábamos en desventaja y que yo, por ningún motivo, atacaría a la que hasta hacía poco era una de mis amigas de infancia.
-¡Ah! Y chicos, aquí en la escuela no soy Miguel, soy el “Sr. Espósito”. Grabense eso bien en la cabeza. No vaya a ser que los castiguen por olvidar que dentro de estas paredes soy su profesor de Literatura.- Miró a sus primos, con una cara impasible, pero con sus ojos les demostraba el cariño que no lo hacía con el rostro.
Aunque sus ojos se volvieron de hielo al dirigirse hacia nosotros, pude notar la sorpresa que significó para él reconocerme, permaneciendo en las filas del enemigo, siendo de la misma raza que este.
Sin más, el castaño-dorado inclinó la cabeza a modo de despedida, y se retiró, siendo seguido luego por todos los varones Espósito que quedaban, dejando solo a Claudia junto a nosotros.
-Así que se te cumplió tu sueño, ¿o no Agüero?- Eso fue un golpe bajo. Y lo peor, me había reconocido. Mi cara se contrajo de dolor y pena, gracias a sus palabras. Dos segundos después tuve que detener a Charles, al cual no le importaba si era mujer, anciana o niña, el la iba a golpear de igual forma. Era demasiado impulsivo.
-Si no la convertían, se moría.- ¿Ahora se dignaba a aparecer la que se hace llamar mi mejor amiga?
Claudia miró en su dirección, al igual que yo, y ambas nos dimos cuenta de que no venía sola. Junto a ella venía el resto de mis amigas y mi mejor amigo: Luna, Diana e Ignacio.
La ojigris miró al piso, vi como se tragaba, al parecer, las lágrimas e inspiraba hondo, para luego clavarme su mirada, fija y de hielo, en mis ojos.
-Pues preferiría que estuvieses muerta.- Una única lágrima cayó por su mejilla derecha. –Hoy, después de clases, en la cancha de baby-football, para discutir su permanencia en “NUESTRO” territorio.- Y sin más, se volteó y se dirigió a las escaleras, las cuales la dirigirían directo al Gimnasio, donde se realizaba el discurso de inicio de año.
No noté cuando mis ojos se humedecieron, ni cuando un sollozo ahogado salió de mi pecho, ni cuando definitivamente me eché a llorar, pero si me di cuenta que, sin importar la raza y las diferencias de estas, mis amigos me abrazaron y me apoyaron.
Lloré y me desahogué un par de minutos, y me obligué a parar. Dejé de sollozar. Mis amigos, sin importar que fuesen humanos o vampiros, no merecían un primer día de clases “húmedo”.
Me removí delicadamente y mis amigos no demoraron en soltarme. Me sequé las lágrimas y les agradecí con la mirada. Uno por uno.
- Escúchame, porque creo que hablo por todos cuando digo esto: Seas lo que seas, vampiro, licántropa, hechicera o incluso seas la princesa de los aliens, siempre, pero SIEMPRE, vamos a estar junto a ti y te vamos a querer, pase lo que pase.- Su sonrisa y sus ojos eran tan sinceros que no pude evitar correr y abrazarlo. Ignacio tenía ese “algo” que me subía el ánimo siempre.
-Gracias Nachito.- Le dije, y luego le di un beso en la mejilla.
-Cof cof cof.- Reí internamente. Emilio odiaba no ser presentado.
-Amalia, Charles, Emilio, ellos son Ignacio, Diana y Luna. Dian, Luna, Nacho, ellos son Amalia, Charles y Emilio. Romina ya los conoce y ustedes a ella.- Todos se estrecharon las manos. Sabía que se habían caído bien. Era imposible que se cayeran mal. Además que lo noté en sus ojos.
-Nos perdimos el acto de Bienvenida, y el discurso del Director. ¡Oh, mi Dios!, Que desgracia.- No sé si fue la ironía en su voz, la mueca que era su cara de fingida pena o lo inesperado del comentario lo que hizo que no pudiésemos evitar reírnos, pero de algo estaba segura: Diana era un chiste andante.
Una oleada de aplausos resonó por todo el establecimiento, indicándonos que el acto de Inicio de curso ya había acabado, y que todos los alumnos subirían en escasos segundos en tropel hasta sus salas.
Nos despedimos rápido, ya que mis “nuevos amigos” entraban a cursos superiores, mientras, gracias a mi mala suerte, yo entraba a mi mismo curso, con mi mismo nombre pero con distinto apellido: en vez del original mi nombre correspondía al de Javiera Cecilia Carmín Maggi.
Me metí al baño, junto con Diana, Romina y Luna, y esperamos a que ya la estampida humana fuese por la mitad para escabullirnos en su interior y así pasar desapercibidas.
Okay, había llegado el momento decisivo.
Ingresamos a nuestra primera clase, la cual correspondía a Historia. Nos tocaba la misma profesora que los años anteriores, o sea, mis compañeros no le prestarían ni la más mínima atención. Genial.
Todos mis compañeros se encontraban en el salón, y todos conversaban entre todos. Eso me gustaba de mi curso, no había grupos marcados y que se odiasen.
Cuando entramos las cuatro, y mis compañeros me vieron, se formó un silencio sepulcral, para luego dar paso a los susurros, los cuales yo tenía absolutamente claro que se referían a mi persona.
Pero esto no duró mucho, gracias a uno de mis amigos.
- ¡Javu! ¡Guapa! ¿Qué tal el sur?- Gabriel. Mi sapo azul al cual jamás le admitiría mi amor. Lo prefería como amigo antes que como novio frustrado.
Gracias a que Gabriel me había reconocido, visto y hablado, Manuel, Pablo y Álvaro, mis otros amigos varones, de cuando era humana, dirigieron su vista hacia mí.
Los saludé con una tímida sonrisa y un ademán con la mano, tomé de la mano a Romina y me la llevé hasta las mesas del fondo. Coloqué mi mochila sobre la que estaba al centro, y abrí la cremallera. Me tomó unos segundos encontrar lo que buscaba, y es que solo a mí se me ocurre guardar la llave del candado de mi casillero con una correa diminuta alrededor en el compartimiento más grande de mi mochila.
Unos pocos segundos después de que ya tenía guardados mis cuadernos en mi casillero, y había sacado lo correspondiente a nuestra primer clase, llegó la profesora.
~*~······O······~*~
Al terminar el día, eran incontables las veces que me preguntaron el porqué de que yo había cambiado mi apellido, porqué estaba tan pálida, porqué conocía a aquellos guapos chicos mayores, porqué, porqué, porqué, porqué…
Y, aunque ni yo ni mis compañeros lo quisieran, llegó el fin del día escolar. Y con ello, la junta con los licántropos.
Claudia no me había sacado la vista de encima. Me odiaba. Odiaba la atención que se dirigía hacia mí y no hacia ella. Odiaba que de un día para otro pasara de ser un patito feo a un hermoso cisne. Pero sobretodo odiaba que me hubiese convertido en la raza que es su peor enemiga.
Un olor a sudor y a una tela porosa, junto a una mezcla de sangre llegó a mis fosas nasales. Oh, oh… Hoy había práctica. Y teníamos 2 problemas casi minúsculos… Emilio no había bebido sangre hacía 2 semanas y uno de los jugadores se había rasgado, literalmente, la pierna, y esta chorreaba sangre.
Estoy segura que nuestros ojos se volvieron de un intenso color rojo… color sangre…pero lo que seguía no lo vi venir…
-Emilio, por favor, contrólate.- Emilio trataba de no respirar, pero sabía que su garganta, al igual que la de todos nosotros, quemaba. Pero para él era aún más terrible, era cómo si le pusieran acero derretido a 1000 ºC en las paredes de la garganta.
-Emilio…- Amalia estaba igual de preocupada que yo.
-…-
Cuando no recibimos respuesta, giré mi cabeza en la dirección donde hacia unos microsegundos estaba parado. Pero ya no estaba. Cuando miré hacia el frente, lo vi. Emilio estaba corriendo en dirección del jugador herido. Su instinto había ganado.
-¡Emilio! ¡Emilio! ¡EMILIO!- No nos escuchaba.
Mierda.
Okay, los dejo con la intriga....
Os adoro.. gracia por la paciencia! :D
Mari...