Seguidores

lunes, 16 de noviembre de 2009

Hambre en África: Una ALARMANTE Realidad




La punta del iceberg: "Demasiada gente y comida insuficiente"
Los invito a ver un vídeo, que a pesar de estar en inglés, si uno lo mira con el corazón, puede llegar a atisbar el sufrimiento de la gente africana. Os dejo el enlace: http://www.youtube.com/watch?v=JpmGH6UOaS8

Realmente es inentendible cómo, mientras unos pueden despilfarrar su dinero en los que se les de la regalada gana, otros tengan que sobrevivir con una miseria, soportando azotes y maltratos, porque aún en algunas provincias de África existe la esclavitud. Os dejo otros enlaces, para que veamos la realidad a la que enfrentamos, o más bien, la que ellos enfrentan, sin que ninguno de nosotros les tienda una mano.

http://www.youtube.com/watch?v=KNtrYvyTsCM
http://www.youtube.com/watch?v=MROV4kOph-8&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=_y9DtxfqPBg&feature=related

Ahora, con una mano en el corazón, ¿No tienen ellos los mismos derechos que nosotros a tener una vida digna? Es increíble como, gracias al hambre y a la falta de agua potable, cada 3,6 segundos muere una persona africana. Sí, cada 3,6 segundos. Más o menos lo que te demoras en inhalar y luego exhalar. ¿Es acaso eso entendible? Esta pregunta solo tiene una respuesta: NO.
¿Observaste las imágenes de arriba? Ahora, que llegué a tu corazón, ¿crees que vale que los famosos hagan campañas para ayudar a estas personas? Yo creo que sí, sin dudarlo lo respondo: ¡SI!

AYUDAR ESTÁ EN NUESTRAS MANOS, PERO DEPENDE DE TI Y DE LO QUE DICTE TU CORAZÓN SOBRE TU DECISIÓN. YO SOLO TE DOY PRUEBAS DE LA REALIDAD. TÚ ERES EL QUE DECIDE SI APOYAR O SIMPLEMENTE IGNORAR. PERO TE HAGO UNA ÚLTIMA PREGUNTA. SI TÚ FUESES UNO DE ELLOS ¿TE GUSTARÍA SER IGNORADO?

Os Quiero...
MªRi...

lunes, 2 de noviembre de 2009

Lo Prometido: "No Quiero Otro Romeo y Julieta"

Lo prometido es deuda. Les dejo mi historia.
Nervios. Eso era lo que sentía. Nervios y exaltación. Estaba a punto de cambiar mi destino, y de dejar mi pasado atrás. Mi extraño pasado. Sin querer comencé a recordar a mi madre, y a los momentos más felices de infancia…
…-¿Mamá?¿Me cuentas una historia?- mi madre no era como las demás reinas, ella era madre ante todo, y velaba por la felicidad de todos sus hijos, desde su primogénita, que era yo, pasando por mi hermano Alexander, mi hermano Philip, hasta llegar a mi hermanita Emma. De la última que se despedía por las noches siempre era de mí, de la única heredera de sus hermosos ojos. Además, yo aprovechaba ese momento para pedirle que me contara una historia, con la cual soñaba luego.
-¿Qué historia quiere mi princesita encantada?- preguntó, con una mirada de ternura inimaginable.
-La de mi príncipe azul, el de los ojos grises y el cabello castaño- respondí, entusiasmada con la idea de volver a escuchar la historia que mi madre había creado, el cuento de hadas al que yo, según ella, pertenecería cuando cumpliera 13 años.

Mi madre sonrió, y comenzó su relato, el cual yo ya sabía de memoria, pero oírlo de su boca era otra cosa. Yo realmente me imaginaba a mi príncipe cabalgando su blanco corcel, salvándome de las garras de aquel extraño par de dragones, uno dorado, y el otro verde, y luego huíamos juntos, hasta donde el horizonte tocaba la tierra, siendo felices para siempre…
…Era extraño como aquella historia se había vuelto realidad, un poco cambiado, pero era real...

…Poco tiempo después de mi séptimo cumpleaños, mi madre murió de una tuberculosis muy fuerte. Unos meses de muerta mi madre más tarde, papá se volvió a casar, yo ya tenía 8 años. Contrajo matrimonio con una joven duquesa de rojos cabellos y unos extraños ojos color miel. Aquella mujer, mientras estuviese mi padre, era la dulzura en persona, pero cuando nos encontrábamos solos con ella, nos trataba como si fuésemos menos que la suciedad de su zapato. Isadora, como se llamaba, no tardó en convencer a mi padre de que ya era hora de que se nos comprometiera con alguien también de la realeza. Planeó un baile, en el cual nos presentaríamos con nuestros futuros prometidos y prometidas. A Alexander se le había comprometido con la princesa de Nerrdha, Catherina; a Phillip, con la futura condesa de Trequio, Madeleine; a Emma, con el futuro Barón de Ghaldio, Fabian; y a mí, a mí se me había comprometido con el príncipe de Antrebie, Lawrence, el niño más frívolo de todo continente. Un rubio de ojos verdes. Se cumplió la primera parte de mi condena, ahora tenía a mis dragones, uno dorado como la miel, y otro verde como las esmeraldas que adornaban la corona de mi padre. Ambos despiadados, ambos dragones sin alma, y sin sonrisa. Ninguno de los dos sonreía. Ninguno vivía. Sólo eran obstáculos, que teníamos que cruzar mi príncipe y yo.


Tal cual narraba mi madre, a mis trece años salí a cabalgar sola por los bosques cercanos al reino, pero un par de lobos me siguió, y espantaron a mi yegua. Esta se descontroló y comenzó un trote desenfrenado, dejando a los lobos atrás, pero conmigo aún a cuestas. Recuerdo aún todo el terror que sentí. No duré mucho más, y caí del lomo de esta. Un par de horas después, luego de haber llorado como jamás lo había hecho, salió a mi encuentro el joven más hermoso que había visto. Él, mi esperado príncipe. Mi príncipe de los ojos grises y de castaños cabellos. Tal como lo había soñado, con su blanco corcel y todo. Me invitó con una mano a levantarme y a montar junto a él. Se hizo un poco para atrás en la montura, y luego de yo levantarme, me ayudó a sentarme frente a su persona. Sólo su contacto me causó escalofríos por todo el cuerpo, pero no fueron desagradables.
No dijimos palabra en todo ese trayecto. Ambos disfrutábamos del otro.
Por fin le encontraba algo bueno a la montura de costado: iba apoyada en su pecho, respirando su dulce aroma. Un aroma a algún árbol, el cual no podía recordar.
El camino fue tranquilo, ya no había rastro de los lobos queme llevaron a mi destino.
Jamás creí en el amor a primera vista. Nunca, hasta ese momento. Y era correspondida. No tengo idea cómo, pero lo sabía. Mi corazón me lo decía.
Todo estaba de color naranja. Estaba atardeciendo.
Llegamos pronto a los terrenos de palacio. Demasiado pronto. Había pasado muy poco junto a él. Según el cuento de mi madre, yo pasaba largos y románticos momentos. Pero era solo un cuento. El cuento que gobernaba mi vida.
Rompí el silencio para hacer una única pregunta. Una pregunta de la cual hace mucho esperaba respuesta.
-Si me raptasen, adoraría saber el nombre de mi secuestrador. ¿Serías tan amable de darme siquiera una referencia?- Mi voz sonó apagada, muerta, pero al mismo tiempo dulce inocente.
- Adam, Adam Charles Owen.-respondió, con una sonrisa de lado. Aquel chico me iba a matar con su belleza. Un momento… Owen… ese apellido me sonaba mucho.
En ese instante se abrieron las puertas de mi hogar, el famoso palacio de Inkedta, y de él salieron mi padre, la malvada duquesa que tenía él tenía como esposa, mis hermanos, y la Guardia Real. Un momento, ¿La Guardia Real? ¿Qué rayos hacia la Guardia Real esperándome?
Y caí en la cuenta. Yo estaba desaparecida por más de 6 horas y luego aparezco como si nada montando un caballo junto a un desconocido, ¿cómo no se iban a preocupar?
Adam hizo que el caballo frenase en seco, me ayudó a descabalgar, pero aún nos encontrábamos a fáciles 10 metros de donde comenzaban las escaleras que llevaban a la entrada de palacio, y cuando comenzó a dar la vuelta para retirarse, dirigiéndome solo una ultima mirada para despedirse, lo comprendí.
Inmediatamente al observarlo más detenidamente noté la diferencia que nos separaba. Él era un cortesano, un plebeyo. Jamás se nos permitiría estar juntos. Pero yo no quería otro Romeo y Julieta. Yo iba a luchar por esa relación imposible. Yo no iba a ser la princesa que se queda esperando que la salven, yo iba a luchar y no me rendiría, nadie me quitaría mi alma. Yo no iba a ser Julieta. Adam no iba a ser Romeo. Escribiríamos nuestra propia historia, con un final, si no feliz, lo suficientemente grato como para que nuestras almas nunca fuesen separadas.
Le seguí viendo, a escondidas, hasta que un par de días atrás él me pidió que me casara con él… y fuimos descubiertos por mi padre.
A Adam se le envió a los calabozos, y mi boda con Lawrence se adelantó. A mi petición se dejó libre a Adam, pero se me prohibió volver a verlo. Mi padre jamás se dejaría ganar por un cortesano, a pesar de que el amor de su vida fue una, y que luego fue una gran reina: mi madre…

Un sonido fuerte me sacó de mis ensoñaciones, y noté como el naranja lo cubría todo, dándole un extraño aspecto al paisaje.
Miré una última vez el atardecer, mientras oía las siete campanadas del reloj de la plaza, las cuales indicaban que todos los habitantes de palacio debían volver. Y estaba claro que todos lo harían, nadie quería problemas con el rey. Todos, menos yo. Menos la princesa Amelia. Menos la heredera al trono.
Acomodé bien la capa gris de segunda mano a mi cara, de modo que no se me viesen bien los ojos, y para que todo mi cabello quedase cubierto. Esas características, tan amadas por todos los cortesanos, y por mis pretendientes, ahora hacían que todo fuese más difícil; en nada ayudaba que mi cabello fuese el único de coloración negra con reflejos avioletados en todo el reino, ni que mis ojos fuesen de un color violeta azuloso, iguales a los de mi fallecida madre.
Agradecería eternamente a mi nodriza por la vestimenta que me había concedido. Sabía que el calzado y el vestido eran de ella, pero la capa fue lo que costó conseguir. Acabamos pidiéndosela a la cocinera, la cual sospecho de nosotras, mas pudimos sacárnosla con una excusa poco convincente.
Había avanzado ya casi unas 12 calles, cuando, delante de mí, vi como las 3 mujeres a las cuales venía siguiendo para poder salir del reino, frenaron en seco e inclinaron la cabeza, a modo de reverencia, al carruaje que frente a ellas pasó. Lo reconocí de inmediato, y un escalofrío recorrió mi espalda. Era el carruaje de los reyes de Antrebie, y en el viajaba su hijo, el príncipe Lawrence, un rubio de ojos verdes bien parecido, pero sin corazón. Mi prometido desde que tengo 8 años. El único hombre del que jamás podría enamorarme.
Incliné de igual manera mi cabeza, para evitar que notara mis ojos, pero al hacerlo, un mechón de mi cabello se escapó de la capa. Mi corazón se detuvo y apenas levanté la vista, para mirar si alguien se había dado cuenta de ese pequeño detalle. Gracias al cielo, nadie lo había hecho. Nadie, excepto el príncipe.
Comencé a sudar frío, cuando vi que el ojiverde se bajaba del negro carruaje. Rápidamente metí el mechón rebelde nuevamente dentro del gorro de la capa, y baje el borde desde la frente hasta la mitad de mi nariz, para luego retroceder varios pasos, hasta llegar casia hasta la mitad de la calle. Esperé oír los pasos de Lawrence acercarse, pero, por el contrario, sentí como la puerta del carruaje se volvía a cerrar, y como los caballos volvían a emprender la marcha.
Luego de recuperarme del shock, corrí tras las mujeres a las cuales había seguido, mas ya no estaban. A lo lejos oí la campanada que anunciaba que eran las siete y media. Ya estaba todo oscuro, y me había perdido. O quizás no, y mi destino me llevaba hacia mi sueño. Él.
Proseguí mi camino, observando por las ventanas de las casas cómo las familias se reunían a cenar, todos juntos, cómo disfrutaban de la compañía del otro. Y añoré a mi madre. De ella solo me quedaban un par de recuerdos…
Sacudí mi cabeza, e intenté borrar aquellos recuerdos, ahora lo que debería preocuparme era el futuro, no el pasado.
Seguí mi camino, el cual realizaba inconscientemente. Jamás había dejado de ver a Adam, él había burlado un par de veces a la Guardia Real, subiendo por mi balcón; otras veces, simplemente yo fingía que salía a cabalgar para ejercitar a mi yegua, lo cual era mentira: me reunía con mi príncipe en el teatro abandonado del pueblo. Ahí me reunía con mis dos pasiones: Adam, mi gran amor, y el canto, mi gran talento. Ahí era a donde mis pies se dirigían. Ya nada me importaba, lo único que deseaba era poder ser feliz, lo cual jamás se me había permitido durante años.
La puerta rechinó al abrirla, e inmediatamente vi la luz de la vela que nos acompañaba en aquellas tardes de amor. Él ya estaba aquí. Él sabía de mis planes. Él era el único que me conocía tan bien. Él era simplemente él.
-Adam…-
-La Guardia ya pasó por aquí. Lo mejor es que nos retiremos en seguida, a menos que queramos que nos descubran.- dijo serio y ansioso. Adam solo me llevaba un año en edad, y yo tengo 16 años. Según todos, éramos muy jóvenes para saber que era el amor. Pero nosotros sabíamos lo que era, y no nos rendiríamos jamás de defenderlo.
Estuve a punto de responder, cuando una voz demasiado conocida para mi gusto, me interrumpió.
-Amelia, como que des un paso hacia aquel cortesano, olvidaré que eres mi hija, olvidaré que eres mi heredera, olvidaré que eres sangre de mi sangre, y ordenaré a la Guardia Real que olvide también quién eres y dejaré que hagan contigo lo que quieran.- La voz de mi padre sonó fría y dura. Sonó igual que como venía sonando desde que se casó con la bruja esa, Isadora.
-¡Papá! Nos pediste ayuda para encontrarla y llevarla a salvo de nuevo a casa, no para condenarla por amar a quién no debe.- me giré inmediatamente, al oír la voz de mi hermano menor, Alexander. Nos llevábamos un solo año, pero se veía de mi misma edad. Ya no era el mismo niño de antes. Su cabello negro ya no era rulo, ni sus ojos azules eran infantiles. Ahora era todo un hombre, un hombre valiente. Pero su valentía tenía un precio.
La bofetada que mi padre le propinó fue tal que le rompió el labio y le tiró al suelo. A mi podía hacerme todo el daño que quisiese, pero a mis hermanos no. Todo menos eso, ellos eran la poca familia que me quedaba.
-¡Basta! ¡Tu odio es hacia mí, no hacia él!-
Mi padre me miró furibundo. Jamás me había atrevido a levantarle la voz. Pero jamás el se había atrevido a golpear a alguno de sus hijos. Cuando cometíamos un error, con sus miradas nos atemorizaba y la culpa nos obligaba a callar o a pedir disculpas. Pero ya no más. Para mí, mi padre estaba muerto y enterrado. Mi padre, el padre que nos quería, había muerto al momento en que mi madre murió.
-No te atrevas a volver a tocar a ninguno de mis hermanos. Haz lo que se te venga en gana conmigo. Para mí tú ya estás muerto. El día en que mi madre murió, tú te fuiste a la tumba con ella. Mi familia, hoy, sólo son mis hermanos; y, por más que te duela, mi nodriza y Adam, su hijo y el príncipe azul que mi madre quería para mí.-
La mención de mi madre hizo que la mirada de mi padre se ablandase. Pero yo tenía claro que lo que le había dicho antes no iba a ayudarme en nada. Por lo que seguí tocando el tema que más le dolía. Mi madre.
-¿Recuerdas de qué clase social era mi madre cuando la conociste? Era una cortesana, Edmund. Una cortesana de la más baja clase social. Y mis abuelos, al verte tan enamorado, te dejaron ser feliz. Ahora lleva tu caso al mío. ¿No merezco lo mismo de ti que los que tus padres te concedieron?- Aquello le dolió. Le llamé por su nombre.
-Jamás, Amelia. Nunca te dejaré casarte con un cortesano. Tu madre era especial…-
-¡Adam también lo es! Mi madre lo conoció antes que siquiera yo pudiese tener una vaga idea de cómo era. Ella lo quiso para mí, y esa fue su voluntad. ¿Vas a negar, acaso, uno de sus últimos deseos?-
No recibí respuesta. Yo ya sabía que mi destino era separarme de la realeza. Yo sabía que mi destino era renunciar a todo por amor. Y eso era lo que haría. Y mi corazón me decía que no me arrepentiría.
Avancé, tomé la mano de Alexander y le ayudé a pararse. En ese momento llegaron corriendo Emma y Phillip. Ambos ya no eran los mismos. Emma era ya toda una señorita, y causaba la envidia de una gran cantidad de princesas con sus ojos aguamarina y su cabello caramelo. Phillip, por otro lado, había cambiado en exceso. Sus hoyuelos habían desaparecido y su cabello castaño claro enmarcaba aquella mirada celeste agua. Mi corazón se quebraba al tener que despedirme, pero ellos ya conocían mis razones, y me apoyaban. Les había explicado todo en una carta, pero mi padre la descubrió, y salió en mi búsqueda.
Me despedí con la mirada y con una sonrisa triste, a lo cual todos me abrazaron, y me entregaron una carta. Cada uno se despedía de mí de la misma forma que yo lo había hecho unas horas atrás.
Regresé sobre mis pasos y tomé la mano de Adam, me miró para infundirme valor. Para darme esperanzas. Para decirme que él haría de todo por hacerme feliz. Y yo sabía que lo cumpliría.
-¿Estás segura que ese es el destino que quieres? ¿Renunciarás a los lujos a los que estás acostumbrada para irte con un hijo de cuna de paja?- Me volteé y con valor le respondí.
-Es mi decisión, y mi corazón me dice que seré feliz-
-Supongo que tienes claro que a mi muerte, el trono pasará a tu hermano y que la fortuna que tienes como herencia jamás llegará a tus manos, que no se te permitirá la entrada a palacio y que tus hermanos no podrán tener ningún tipo de contacto contigo.-
-Renuncio a todos mis beneficios como princesa, pero en cuanto a lo del contacto, ¿Estás seguro que no lo intentaré?-
-Será mejor que no lo hagas, sierva- Aquello me dolió. Me llamó igual que como llamaba a todos los cortesanos. Está bien, le pagaría con la misma moneda.
-Vuestra opinión, para mi persona, no vale. Con vuestro permiso, su excelencia.-
Hice una reverencia y dije un tenue “Hasta siempre, los quiero” para que mis hermanos lo escuchasen y supiesen lo que sentía. Luego de eso, nos dirigimos mi príncipe y yo a la entrada.
Adam me guió hasta esta, y luego hasta el puente levadizo. Salimos justo a tiempo, y ahí, afuera, nos esperaba su corcel, aquél caballo blanco con el cual nos habíamos conocido. Primero montó él, y luego me ayudó a montar a mí, igual que la primera vez.
-Te amo- Aquella simple frase me paró el corazón. Por fin me sentía completa. Al fin me sentía yo.
-Y yo a ti. Yo también te amo.- Luego, simplemente le besé como pude.
Después, Adam dirigió a nuestro caballo hacia el horizonte. Hacia una vida nueva. Hacia nuestro cuento que recién se comenzaba a escribir, y que no sería como Romeo y Julieta. No. Yo no quería otro Romeo y Julieta. Yo quería mi propio cuento. Ese que jamás olvidaríamos. Nunca Jamás.
FIN!!
Os quiero!!